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20 de octubre de 2008

El caballero oscuro TAMBIÉN es pasto de culturetas pseudofrikis.

Visto en fantasymundo.com

Cultureta ridículo en estado puro...

Meses después del estreno de una de las películas del año, retomamos el tema de Batman con esta nueva crítica menos eufórica y más reflexiva sobre la última película del señor de la noche

¿Cuál es la labor del intelectual moderno? En esta pregunta ya está la respuesta. Su labor es la de evitar oficializaciones, etiquetas, mantenerse en un término mediador, en una distancia crítica, interrogando. Ahora bien, la dificultad consiste en saber permanecer en ese lugar intermedio adiscursivo, dinámico y cuestionador. Christopher Nolan no lo consigue. Si he llegado a reflexionar de esta manera es porque la intención de este director y la tesis que pretendía albergar su última obra habían apuntado demasiado alto sin obtener, empero, los frutos previstos.

La roza con la yema de los dedos, en un esfuerzo titánico. Y nada más. Camina trabajosamente hacia el destino que ya ha vislumbrado, pero no lo alcanza: una agónica tendencia que desesperadamente busca un asidero porque no sabe flotar. Y finalmente, extenuado, opta por una solución, no la mejor, sin duda, pero aceptable porque es una vieja conocida. Lo arriesgado es mantener el equilibrio, y él se deja caer. Por decisión propia, o por exigencias de la productora, lo cierto es que la tesis planteada no halla jamás su demostración. Y acaba autonegándose en flagrante paradoja.

Nolan ofrece unos instantes, que a veces son momentos, brillantes y que preludian una solución sublime que nunca llega, o mejor dicho, llega bajo la forma de vértigo, nada más, pues rápidamente se regresa al suelo firme y la inestabilidad se desvanece. Entonces el espectador, perplejo porque antes gozaba adivinando un desarrollo potencial que se ve defraudado, cae en la cuenta de que se halla ante un filme de superhéroes. Entonces es cuando cuajan las escenas inútiles y los absurdos recursos de guión, algunos de los cuales por cierto parecen dignos de las aventuras del mejor y más inverosímil agente secreto; y sobre todo es cuando se comprenden las resoluciones tomadas: aleccionadoras, obvias, diletantes.

El Joker de Ledger por momentos se torna en el instrumento experimental del intelectual moderno. Pero sus motivaciones superan el distanciamiento, visitan el nihilismo para codearse en último lugar con la irracionalidad visceral fascista. Pero eso es El Joker. El motor de las sensaciones vertiginosas, que nos guía por senderos obnubilantes y deletéreos, que hacen perder la orientación, las directrices, las latitudes, para luego asestar un traicionero golpe pues es su caprichoso albedrío el que rige su (des)control.

La intención del director era demostrar, con el villano de Ledger como anzuelo y la evolución de Dent como ejemplo ilustrativo, la consistencia del Caos. El Caos entendido como territorio viscoso, legamoso, estadio amniótico que nada es pero que todo lo contiene, vida en potencia pero también muerte en acto; un lugar intermedio de susceptibilidades. Es Caos la locura, pero también la matriz del Demiurgo. Un interludio en el que cualquier entidad puede hacerse con el mando o ser la víctima: pulsión de muerte, mareo de regeneración, terror de desaparición, la nada fruto de la aglomeración. Y El Joker es su Mensajero. Y Nolan, a través de él, pretendía analizar el alcance de ese Caos dentro de la cotidianidad del ser humano: los escarceos extáticos, la tentación de saborearlo, de dejarse seducir, embriagado, por parte del ciudadano medio.

La situación de partida, que abre abruptamente el filme preanunciando una violencia cruda que se vuelve más tarde un fallido artificio, es que Gotham está siendo hostigada por las extremas acciones de un lunático histrión cuyo objetivo no es el dinero: es un vesánico agente de la irracionalidad, a quien no importa morir o vivir. En realidad es una superconciencia que ha sabido trascender las leyes patriarcales, y los freudianos tabúes y tótems, aislándose en un escalofriante limbo. Discursivamente, por tanto, no existe. Es Nadie, en definitiva; lo demuestra la historia, siempre peregrina, que él relata sobre las causas de sus cicatrices en las mejillas: no se sabe de dónde ha surgido, no se le conocen familiares, orígenes, registro civil… nada.

Es un hombre sin identidad, legal y social, porque ha cumplido los pasos del ritual ideológico de Sorel. Ha sabido desprenderse de connotaciones personales, afectivas, éticas y sacrificar su Yo individual en favor de un falso Yo colectivo, falso porque es un ejercicio de egolatría mesiánica. Ha asomado su rostro pintarrajeado al abismo, al Caos primordial, lo ha mirado a los ojos, ha perdido la razón en el ejercicio, erigiéndose luego más sabio, auténtico mártir político, y poseedor de las claves de manipulación de la descontrolada masa. Es un acercamiento al líder pirandelliano, el que éste adjudicó en un principio a Benito Mussolini.

Pero Nolan no se atreve a emplear a un espécimen tan peligrosamente bien edificado –y por desgracia ya jamás lo podrá hacer. El Caos no termina de ser retratado con la seriedad esperada y los experimentos pedagógicos que lleva a cabo El Joker, momentos cumbre de la narración, no consiguen el impulso necesario. En favor de la enseñanza moral canónica, el realizador prefiere la lección simple, maniquea, y en un gesto final recula, no tiene el suficiente valor, lo que conduce a una irresolución de la cuestión y a una tesis poco eficaz.

Debería haber girado la llave. Y habría sido entonces cuando la advertencia que se atisba cobraría toda la fuerza necesaria para ser admonitoria, para provocar una honda reflexión, para suscitar la desconfianza en los cánones institucionales y sobre todo culturales que abanderan el progreso histórico de nuestra sociedad occidental. El terror se torna real cuando el enemigo es el vecino, cuando el señor de a pie, con traje y corbata, se descubre, se destapa, destapando a su vez a un gran número de conciencias, cuando la distancia ya no existe, y se acorrala a la víctima, se la acusa, se la canibaliza, sin querer pensar que al día siguiente el próximo en caer puede ser uno mismo.

Que un individuo como este villano sea a la vez tan atractivo y tan infame es peligroso, encarnando el delicado velo que distingue la normalidad formal de la voluntad en bruto, capaz de alcanzar con facilidad lo extremado y superar las leyes de la con(super)vivencia consensuada. El Joker, que encarna en sí mismo y en sus actos una preconización/advertencia brechtiana, ve en esta cinta limitado el alcance de su no-ejemplo y se desperdicia una gran reflexión humanista.

Mientras que el contacto con la realidad que propone El Joker linda con el vacío fagocitador, V de Alan Moore planteaba lo mismo en sentido crítico. Ninguno de los dos apuesta por una negociación, ninguno de los dos evita la irreversibilidad, pero en su historia Moore, cuyas tesis en cierta medida desde aquí condeno también como el mismo autor haría años después, permite que los experimentos lleguen a su fin, lo que demuestra, destapa y alecciona mejor que las soluciones utópicas y veniales de The Dark Knight.

Si los gadgets insólitos y los resbalones en el plano de la verosimilitud del guión se justifican alegando que el filme, en el fondo, no es sino la adaptación de un cómic, también, como hizo Moore, se podría justificar el hecho de que mostrar momentos tan extremos, no aptos para una superproducción DC en Hollywood, pertenecería al ámbito de la fantasía en viñetas, meras licencias literarias. Y ahí encontraría un pretexto Christopher Nolan para seguir adelante con sus itinerarios ¿O la razón es que su proyecto es en verdad tan limitado? ¿Que está buscando un producto para el gran público? Una distinta solución del quiz de los ferrys habría supuesto sólo una imagen en la ficción, una lección sobre el papel, para demostrar lo que se intentaba sostener. La denuncia habría sido un rotundo y exitoso desenlace para la película. Pero tras su visionado vuelvo a caer en la cuenta de que se trata de un filme de superhéroes y que, en efecto, se trata sencillamente de un cómic llevado al celuloide.

Si esta es una gran película es gracias a la expectación que se formó a su alrededor desde su anuncio inicial. Las esperanzas puestas en este Batman se fundamentaban en su filtrado y adecuación para adultos, en su elevación ideológica, en un contenido que prometía una Tesis, o la prometían más bien los críticos cinematográficos. Pero se frena en un intento de hipótesis, y eso no es suficiente. Y no creo que los cortes en el metraje sean la única razón, como se dice. No se me malinterprete, no estoy diciendo que sea una mala cinta, pero hay tres elementos que han contribuido a hinchar su caché antes de lo previsto.

Una eficaz y hábil publicidad viral; una entrega precedente, Batman Begins, solvente e inteligente; y un accidente letal del miembro más destacado del reparto que añadió un indudable morbo, hicieron de este filme una obra maestra antes incluso de su visionado.
El Batman para adultos deberá esperar, en The Dark Knight sólo hay un esbozo, porque las conclusiones son banales en lo que respecta a los interrogantes propuestos por el guión e incluso triviales en muchas escenas planteadas con aparente sobriedad (la actuación de Harvey Dent ante el testigo armado hace pensar en un juicio del otro Harvey, Birdman, el simpático fiscal de acción).

Ante una película de superhéroes con ínfulas de grandeza intelectual irresoluta me llevo a preferir, como cómic en la gran pantalla, a la menos pretenciosa, irónica y kitsch, Batman de Tim Burton.


Crítica de la crítica (en cuatro palabras): MENUDO MONTÓN DE MIERDA.

Por: Enrique Dueñas

8 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Cómo "también"? Es lo que más. Es el mayor emblema del culturetismo/wannafriquismo de hoy en día. La única diferencia es que éste lo pone mal, eso es lo raro ;) ;) ;)

Anónimo dijo...

Es tremendo ejercicio de lo flipas con lo curto que soy, pero hasta donde he llegado leyéndolo, está bastante mejor escrito de lo habitual.

Y en cuanto a lo del Batman para adultos (eso quiere decir para la cuadri de la coixet?), suena apasionante.

Por cierto, que alguien le diga a esta jarca que ni Batman ni el Joker existen.

Portrait dijo...

¿Que pollas le ha pasado al mundo con esta peli?

En Microcritic también se quedaron a gusto:

¿Obra maestra o catálogo de manierismos? ¿Artefacto revolucionario o pastiche cobarde vestido de falso clasicismo? Todo cabe en la que sin duda es la película más arrogante habida en lustros. Repleta de apuntes sin fuga ni resolución, como también de ideas sugerentes y sin embargo orgullosas que, en su esfuerzo por renegar de unos referentes escandalosamente obvios, termina por desvirtuar sus altísimas aspiraciones. La corrección y ampliación que de ‘Batman Begins’ pretende hacer Christopher Nolan queda arruinada por su hipocresía, que acaba descubriendo al film como burdo vehículo a sus ya recurrentes obsesiones. Pese a todo, Nolan sí vence al enfrentarse a los pasajes más abstractos de un guión desgraciadamente sobrealimentado de estos. Bajo la pesante solemnidad que en ella predomina sobreviven puntuales instantes de sobriedad y desnudez, virtudes menores frente a una irritante egomanía y un metraje excesivo por abundante en subrayados y justificaciones, que ampara su debilidad narrativa en diálogos de opereta. Persisten las grandes contradicciones de su predecesora y carece del balance entre concesiones industriales y caprichos autorales de aquélla. Un concepto tan supremo que resulta peligroso en manos tan limitadas como las de Nolan.

Kike dijo...

Llega un punto que la peli mola tanto que cruza la línea y deja de gustar. Es ley de vida.

Gaspar Hauser dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Kike dijo...

JAJAJAJAJA

Ay....

Faltando por faltar. Que estupendo. ¡Un saludo a Melchor y Baltasar, coleguita!

be dijo...

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Francisco Fernández dijo...

"Empero": de un tío que utiliza la palabra "empero" no puede esperarse nada bueno.