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19 de septiembre de 2008

Felipe Kraljevich, cuando la crítica se vuelve literatura II

En la facultad tuve un profesor que nos dijo una vez que 'la crítica a menudo es crear algo a partir de lo que han hecho otros'. O sea, algo muy triste. Y a Felipe Kraljevich también le va este rollo. He aquí la crítica-reseña que más vicisitud me ha producido en la vida, y eso que soy consumidor habitual de los más execrables fanzines. Observad, además, lo informativo del trabajo de Felipe. Del disco 'Music For Moviebikers' del noruego Kaada -sin duda un artista muy interesante-, sólo sabemos lo que se nos dice en el raquítico párrafo final. Va:

Kaada
[Music For Moviebikers]
2006. Ipecac Recordings

La lluvia cae silenciosa, amena, como respuesta a tiempos en extremo violentos, mientras escucho el cinematográfico nuevo disco del músico noruego, Kaada. El viaje se hace acogedor. Las caras ya no son irreales ni dantescas, más bien parecen sacadas de sueños azules, de parajes llanos donde el viento corre libre, sereno y majestuoso. Los paisajes cambian… ¿o yo soy el que está cambiando? Las luces se estiran mientras los demás continúan sus vidas impertérritos, como estatuas antiguas que sólo observan hacia una dirección.

Las gotas golpean la ventana, intentando abrirse paso a través del frío cristal. El rostro de las personas es así de frío, oscuro, como ocultando su propia luz a los demás. El viento sigue su curso sin dilación y, al unísono, las nubes no dudan ni un segundo y se unen a esta travesía salvaje por los campos. Abajo, un bosque suelta sus cánticos para recibir a los viajeros inesperados.

En el metro, la gente no saluda ni se mira. En mi mente, veo un pastizal infinito, un paisaje de tonos ocres y cafés. Contrasta con el gris opaco y color porquería que se ve en las calles de Santiago. Sigue instalando en la corteza subcortical el mismo paisaje. Inamovible, perenne. Nada lo perturba, mientras un movimiento de cámara rápida acelera a las nubes bruscamente. Todo lo demás permanece quieto y silente.

El sueño prosigue, adquiriendo diversas formas mientras se acerca el fin del trayecto. No varía mucho el paisaje, pero las formas cambian sutilmente. El bosque comienza a susurrar versos dolidos, sinceros, a quien quiera escucharlos. Un arroyo baña sutilmente las raíces milenarias y cuenta secretos olvidados, de cuando las sensaciones eran una andanada de pertrechos vivos y cálidos. Me entristece pensar en eso: ahora todo es cuenta fría y cálculo discriminador.
Más allá del lamento del bosque, del paso raudo del viento, de las nubes siempre cambiantes, las formas oscuras juegan una partida de damas sentadas en las profundidades del horizonte. Una zona calma, donde se nos permite, con mucho cuidado y casi con recelo, recorrer esa área "browniana", en la que el freak show por momentos abunda y nos recuerda nuestra propia fealdad, esa que las cirugías y el maquillaje no son capaces de ocultar.

Esos viajes oscuros son los más difíciles. Es enfrentarse al precipicio y dejarse abandonar a las sensaciones más primitivas. El borde siempre es un paso peligroso, pero necesario, en el que los caminos siempre son adecuados y las opciones siempre serán las mejores. ¿Quién sabe si, al final de la caída, encontramos lo anhelado? Ciertamente que eso es, de forma concisa, lo que se desea cuando se emprende un viaje.

La marcha transita lentamente, mientras se acerca el final. Las cosas se mueven en cámara lenta. Por instantes, pareciera que las decisiones de acercarse y enfrentarse al grand guinol personal son lo más sabio que se puede realizar. La lluvia lo demuestra y se deja caer con ganas. El pelo se pega al rostro y, en el interior, una brisa recorre suavemente los llanos y desempolva recuerdos. Las tardes de verano infantiles, los olores añejos de libros abandonados en una biblioteca de fantasías. Las horas de terror nocturno, de angustia.

Despierto momentáneamente de mi sopor y veo en los demás el mismo miedo que, en ese entonces, se apodero de una parte de mí. Las cosas, sin embargo, ya no son como antes. Ahora, mientras el viaje culmina, se siente el aire distinto. El viento que en un principio abarcaba todo, desaparece paulatinamente, lo mismo las nubes. El bosque queda como telón de un fondo muy lejano y el pastizal infinito se transforma lentamente en bullicio, empellones, mugre y caras grises, marchitas por el paso del tiempo. Quizás la mía termine así en un futuro, pienso, mientras bajo del tren urbano.

Bienvenidos al nuevo disco de Kaada, el segundo de su carrera solista que comenzó con "Thank You for Giving Me Your Valuable Time" de 2003 y sucesor del álbum en colaboración con Mike Patton, "Romances" del año pasado.

Felipe Kraljevich M.

Por: David Von Rivers

8 comentarios:

José Vega dijo...

Ohtias... qué vicisitud!
Esta gente??

estanli cuvric dijo...

Creo que G.Sanz ha sido superado. Este hombre debería ser criogenizado.

estanli cuvric dijo...

Por cierto, me apuesto a mi abuela a que Felipe es argentino.

TioVania dijo...

Con este post deberían dar sales de frutas. Qué arcadas. Qué reflujo.

The Basque Country Pharaon dijo...

Ay madre... ¿Y en qué insensata publicación dicen ustedes que aparecen estos alejandrinos?

padawan dijo...

si están reseñando el disco de Kaada no se puede esperar menos que esto. El disco en sí es un hecho cultureta, y no hay análisis posibles lejos de esta paja mental

The Basque Country Pharaon dijo...

Pues mire, señor Padawan, así sin escuchar el disco (Dios nos libre) pero con la experiencia que aporta ver esa portada no podemos sino darle a Vd. toda la razón...

be dijo...

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